Soy el tigre. Te acecho entre las hojas anchas como lingotes de mineral mojado.
El río blanco crece bajo la niebla. Llegas.
Desnuda te sumerges. Espero.
Entonces en un salto de fuego, sangre, dientes, de un zarpazo derribo tu pecho, tus caderas.
Bebo tu sangre, rompo tus miembros uno a uno.
Y me quedo velando por años en la selva tus huesos, tu ceniza, inmóvil, lejos del odio y de la cólera, desarmado en tu muerte, cruzado por las lianas, inmóvil, lejos del odio y de la cólera, desarmado en tu muerte, cruzado por las lianas, inmóvil en la lluvia, centinela implacable de mi amor asesino.
El hombre imaginario vive en una mansión imaginaria rodeada de árboles imaginarios a la orilla de un río imaginario De los muros que son imaginarios penden antiguos cuadros imaginarios irreparables grietas imaginarias que representan hechos imaginarios ocurridos en mundos imaginarios en lugares y tiempos imaginarios Todas las tardes tardes imaginarias sube las escaleras imaginarias y se asoma al balcón imaginario a mirar el paisaje imaginario que consiste en un valle imaginario circundado de cerros imaginarios Sombras imaginarias vienen por el camino imaginario entonando canciones imaginarias a la muerte del sol imaginario Y en las noches de luna imaginaria sueña con la mujer imaginaria que le brindó su amor imaginario vuelve a sentir ese mismo dolor ese mismo placer imaginario y vuelve a palpitar el corazón del hombre imaginario
El 28 de febrero de 1902 llegó al mundo Esther Huneeus Salas, una niña de nacionalidad chilena que, al crecer, eligió dedicarse a la escritura y adoptar el seudónimo Marcela Paz.
Sus primeros pasos en el mundo de las letras los dio en su país natal meses después de haber regresado de París, ciudad a la que había viajado con el propósito de estudiar Bellas Artes. Por ese entonces, además de elaborar textos que comenzaron a aparecer en medios como "La Nación", "El Diario Ilustrado", "El Mercurio" y "La Tercera", Paz se dedicó a realizar esculturas y a desarrollar trabajos de perfil social y humanitario.
Marcela Paz perdió la vida en la ciudad de Santiago el 12 de junio de 1985.
Chisporrotea en el aceite hirviendo la alegría del mundo: las papas fritas entran en la sartén como nevadas plumas de cisne matutino y salen semidoradas por el crepitante ámbar de las olivas.
El ajo les añade su terrenal fragancia, la pimienta, polen que atravesó los arrecifes, y vestidas de nuevo con traje de marfil, llenan el plato con la repetición de su abundancia y su sabrosa sencillez de tierra.